La Autoridad que Cristo Nos Ha Conferido
«Mirad, os he dado potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda la fuerza del enemigo, y nada os dañará.»
— Lucas 10:19
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Introducción
Hay una verdad que muchos creyentes conocen de labios, pero que aún no ha habitado plenamente en el corazón: somos personas de autoridad. No por mérito propio, no por ninguna grandeza nuestra, sino porque el Señor Jesucristo —el Resucitado, el Señor de todo el universo— deliberadamente nos ha concedido esa autoridad como un regalo precioso e inquebrantable.
Cuando los setenta y dos discípulos regresaron de la misión a la que Jesús los había enviado, volvieron rebosantes de alegría. Habían visto cómo los demonios se sometían al nombre de Cristo. Era una novedad abrumadora, casi increíble para ellos. Y fue precisamente en ese momento cuando Jesús pronunció estas extraordinarias palabras de Lucas 10:19 —palabras que no fueron dichas únicamente a aquellos setenta y dos, sino que resuenan a través de los siglos hasta nosotros, que somos Sus discípulos hoy.
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1. Una Autoridad Recibida, No Conquistada
El primer fundamento esencial es este: esta autoridad fue dada. Jesús dice claramente —«Os he dado potestad». No es algo que alcancemos mediante el esfuerzo espiritual, la intensidad de nuestro ayuno o la profundidad de nuestro conocimiento teológico. Es un don.
Esto debería liberarnos de una trampa muy común: pensar que nuestra eficacia espiritual depende de nuestro rendimiento religioso. Cuando nos sentimos débiles, cuando hemos pecado y nos hemos arrepentido, cuando las circunstancias nos aplastan —la autoridad no ha desaparecido. Está fundada en el carácter inmutable de Cristo, no en la variabilidad de nuestro estado emocional.
El apóstol Pablo comprendió esto profundamente cuando escribió que Dios nos hizo «sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesús» (Efesios 2:6). Nuestra posición espiritual no está determinada por lo que sentimos, sino por dónde estamos —y estamos en Cristo. Arraigados en Él, participamos de Su autoridad.
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2. Una Autoridad con Alcance Real
Jesús habla de hollar «serpientes y escorpiones, y sobre toda la fuerza del enemigo». Este lenguaje es vívido y deliberado. En la Escritura, la serpiente evoca desde el jardín del Edén a aquel que trae engaño, división y muerte. Los escorpiones hablan de aquellas fuerzas que se esconden, que atacan por sorpresa, que envenenan lentamente.
Cristo no nos envió al mundo a fingir que el enemigo no existe. El realismo bíblico reconoce que hay fuerzas espirituales que trabajan contra el Reino de Dios y contra la vida de las personas que amamos. Pero ese mismo realismo bíblico insiste: esas fuerzas están bajo autoridad.
No somos llamados a temer al diablo —somos llamados a resistirle firmes en la fe (1 Pedro 5:9). Hay una diferencia enorme entre quien vive obsesionado con el enemigo y quien vive consciente de su victoria en Cristo. La autoridad espiritual no es paranoia; es soberanía delegada. Es caminar con la tranquilidad de quien sabe que el campo de batalla ya tiene un vencedor declarado.
Esto tiene consecuencias prácticas en la oración intercesora, en el cuidado pastoral, en el acompañamiento de quien está atrapado en vicios, en relaciones destructivas o en confusión espiritual. No llegamos a esas situaciones con las manos vacías. Llegamos con autoridad.
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3. Una Autoridad que Exige Humildad
Sin embargo, hay una tensión preciosa en este texto. Justo después de conceder esta autoridad extraordinaria, Jesús dice algo sorprendente: «Pero no os alegréis de que los espíritus se os sujetan, sino alegraos de que vuestros nombres están escritos en los cielos» (Lucas 10:20).
Aquí está la salvaguarda divina. La autoridad espiritual mal comprendida puede inflar el ego y crear lo que los padres de la Iglesia llamaban superbia —el orgullo espiritual, que es quizás la forma más peligrosa de soberbia.
La alegría mayor no es el poder que ejercemos, sino la gracia que hemos recibido. Nuestro nombre está escrito en el libro de la vida —no por lo que hemos hecho, sino por lo que Cristo hizo. Toda la autoridad que ejercemos debe fluir desde ese lugar de profunda gratitud y dependencia constante.
El creyente que camina en verdadera autoridad espiritual es reconocible por su mansedumbre, no por su arrogancia. Es aquel que intercede de rodillas antes de actuar de pie.
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Conclusión
Hermano, hermana —Cristo os ha conferido autoridad. No para impresionar, no para dominar personas, sino para servir a Su Reino con eficacia y amor. Hay situaciones en vuestra vida, en vuestra familia, en vuestra comunidad, que necesitan a alguien que se levante en la autoridad de Cristo y declare Su señorío.
No viváis por debajo de vuestra identidad en Cristo. No tratéis como enemigo invencible a aquel que ya fue derrotado en la cruz. Ocupad el lugar que Cristo os ha dado —con humildad, con fe, con perseverancia— y ved lo que Dios puede hacer a través de una vida rendida a Su señorío.
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Oración Final
Señor Jesús, gracias por no enviarnos al mundo desarmados. Gracias por la autoridad que nos has conferido en Tu nombre. Perdónanos cuando vivimos en la derrota, olvidados de quiénes somos en Ti. Enséñanos a caminar con humildad, pero sin cobardía. Que nuestra vida sea un testimonio de Tu poder y de Tu gracia. En el nombre de Jesús, Amén.
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