Hasta Que Él Venga
"Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga." — 1 Corintios 11:26
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Introducción
Hemos llegado al final de esta serie sobre la Cena del Señor, y hay algo extraordinario en esta última palabra que Pablo nos deja: "hasta que él venga." Solo cuatro palabras, pero que transforman por completo el significado de esta comida sagrada. La Cena no es únicamente un recuerdo que preservamos con cariño, ni un ritual que cumplimos por obligación. Es un acto vivo, tenso entre dos momentos de la historia: lo que ya aconteció en el Calvario y lo que todavía está por suceder en la parusía —en el glorioso regreso del Señor Jesucristo.
A lo largo de estas semanas hemos meditado sobre el origen de la Cena, sobre su significado, sobre la seriedad con la que participamos en ella. Hoy, sin embargo, miramos hacia adelante. La Cena no nos deja anclados en el pasado; nos señala el horizonte. Es como una flecha clavada en el suelo de la historia, apuntando sin vacilación hacia la consumación de todas las cosas.
Permitidme conduciros por tres verdades fundamentales que este versículo nos enseña sobre la Cena como proclamación y como esperanza escatológica.
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1. La Cena Es una Predicación Sin Palabras
Pablo emplea un verbo muy particular: "anunciáis" — katanggéllō en griego, la misma palabra usada para la predicación del Evangelio. Cada vez que partimos el pan y bebemos de la copa, estamos literalmente proclamando la muerte del Señor. La mesa se convierte en púlpito.
Hay aquí una hermosura que debería conmovernos. No todo el que está en la asamblea los domingos sabe leer. No todo el que asiste puede seguir un sermón largo. Pero la Cena habla a todos, de forma directa, visceral y visible: "Cristo murió por ti." El pan partido recuerda su cuerpo entregado. El vino derramado recuerda su sangre. Es el Evangelio en forma de comida.
La aplicación práctica es esta: cuando nos acercamos a la mesa del Señor, lo hacemos siendo conscientes de que somos también predicadores. No es un momento pasivo. Es un acto de proclamación —ante la asamblea, ante el mundo y, según algunos padres de la Iglesia, ante los propios poderes espirituales. ¿Te acercas a la Cena de forma distraída o mecánica? Que este versículo te despierte: estás predicando. Predica bien. Predica con el corazón presente.
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2. La Cena Es una Tensión Saludable Entre el Ya y el Todavía No
La expresión "hasta que él venga" instala en nuestra vida cristiana lo que los teólogos denominan tensión escatológica —y es una tensión saludable, necesaria, vivificante. Ya tenemos a Cristo. Todavía esperamos a Cristo. Ya hemos sido salvados. Aún aguardamos la redención final de nuestro cuerpo y de toda la creación.
Esta tensión nos preserva de dos errores opuestos. Por un lado, nos impide caer en un entusiasmo ingenuo que finge que el Reino ya ha llegado en su plenitud —que no hay más sufrimiento, que todo está resuelto aquí en la tierra. Por otro lado, nos impide caer en un pesimismo derrotista que olvida que Cristo ya reinó, ya triunfó, y que el desenlace de la historia está asegurado.
La Cena es, por tanto, la ordenanza de la esperanza activa. Cada vez que partimos el pan, nos recordamos: "Estamos de paso." Esta vida es real, tiene peso, tiene dolor —pero no es el destino final. Somos peregrinos con una mesa preparada en el camino, y esa mesa es garantía de que el banquete eterno está por llegar.
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3. La Cena Es un Ensayo del Banquete Celestial
Jesús, en la Última Cena, dijo algo que muchas veces pasa desapercibido: "Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre." (Mt 26:29). Hay una Cena por cumplir. Hay una mesa a la que todavía nos sentaremos —todos juntos, con el propio Cristo como anfitrión, en una alegría que ningún ojo vio ni ningún oído oyó.
Nuestra Cena dominical es el ensayo de esa comida. Es como un noviazgo que anticipa la boda. Y quien alguna vez ha vivido la esperanza de un encuentro que ya está fijado, sabe cómo esa expectativa transforma el presente. El novio que sabe que dentro de poco estará con su amada atraviesa las dificultades del día con una ligereza distinta.
Que cada Cena que compartamos os llene de esa ligereza. Que cada vez que escuchéis las palabras "esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado", vuestro corazón se agite con la certeza: Él vendrá. Él prometió. Él cumplirá.
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Conclusión
Esta serie ha llegado a su fin, pero la Cena continúa —domingo tras domingo, mesa tras mesa, "hasta que él venga." No te acerques a esta mesa con indiferencia ni con temor. Acércate como quien proclama, como quien espera, como quien ya lleva en el corazón la invitación al banquete eterno.
Hoy, si hay en ti algo que te aleja de esta mesa —pecado no confesado, amargura hacia un hermano, incredulidad instalada— este es el momento de traerlo delante de Cristo. Él no rechaza a quien viene con las manos vacías y el corazón abierto. Ven, y proclama con tu presencia: "Creo en su muerte. Vivo en su resurrección. Espero su venida."
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Oración Final
Señor Jesús, que cada Cena que compartamos sea un acto de fe, de proclamación y de esperanza viva. Manteننos de rodillas ante la cruz y con los ojos puestos en tu regreso. Hasta que vengas, que tu mesa nos sustente y tu promesa nos guíe. Amén.
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